El asfalto ardía bajo el implacable sol del mediodía cuando Arturo, el fundador y dueño absoluto del complejo corporativo más prestigioso de la ciudad, salió del edificio buscando un respiro de su apretada agenda. Fue entonces cuando una escena en el callejón trasero le heló la sangre. Sentada en el suelo de concreto, escondida junto a los contenedores de reciclaje, estaba Rosa, una joven conserje de apenas veinte años. Con la mirada baja y el rostro cubierto de profunda vergüenza, intentaba comer su modesto almuerzo bajo la escasa sombra de un muro, apartada del mundo como si su sola presencia fuera un delito imperdonable.
Arturo se acercó de inmediato, sintiendo un nudo en el estómago, incapaz de comprender por qué un empleado suyo estaba en condiciones tan denigrantes cuando el edificio contaba con un comedor de lujo, climatizado y gratuito para absolutamente todo el personal. Con voz temblorosa y lágrimas asomándose en sus ojos, Leer más









