El motor de la camioneta rugió al apagarse bruscamente frente a la casa. Martín entró azotando la puerta principal, con la mandíbula tensa y los puños apretados. Acababa de abandonar su turno de trabajo en medio del pánico tras recibir una llamada aterrorizada de la directora de la escuela primaria: su hija de ocho años llevaba más de una hora sentada sola en la acera, llorando, porque nadie había pasado a recogerla.
Al cruzar la sala, la sangre le hirvió. Su nueva esposa, Lorena, estaba recostada cómodamente en el sofá de cuero, viendo la televisión mientras el hijo de ella jugaba videojuegos en la alfombra. Ella había conducido hasta la misma escuela esa tarde para recoger a su propio hijo, pero al Leer más









