El barro denso y traicionero se adhería a las botas de combate mientras una lluvia helada y torrencial castigaba el campo de entrenamiento. El cielo gris plomizo y la neblina rasante creaban una atmósfera asfixiante, diseñada específicamente para quebrar la voluntad y el espíritu de cada novato antes del mediodía.
El Sargento Mayor, un veterano de cuarenta y cinco años con el rostro curtido por cicatrices y una postura rígida, cruzó los brazos bajo el diluvio. Esperaba lo inevitable: ver a la nueva generación rendirse ante la monstruosa barra olímpica cargada de pesados discos de hierro fundido que yacía en Leer más









